Pedofilia, abandono, vampirismo… las caras de “Déjame entrar”, novela de Ajvide

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Pedofilia, abandono, vampirismo… las caras de “Déjame entrar”, novela de Ajvide.

“Déjame entrar” es el título de una maravillosa obra literaria escrita por John Ajvide Lindqvist, uno de los mejores escritores de terror europeos de los últimos años.

 

Este libro retrata la vida de Oskar Erikson, un niño de 12 años atormentado por el doloroso peso infrahumano de una sociedad abandonada a su suerte, a sus conflictos internos.

 

A sus soledades disfrazadas de progreso.

 

Es el 18 de octubre de 1981, el autor nos cita en Blackeberg, Estocolmo, un lugar como cualquier otro, donde el frío y la apatía son moneda de cambio.

 

Cae la nieve y sobre Oskar (protagonista de “Déjame entrar”) los puñetazos, las vejaciones, los insultos por parte de sus compañeros de clase.

 

Es el “cerdito” de la escuela, quien ha vivido con ello desde hace años y el miedo ante el constante abuso le hace sangrar la nariz.

 

Su madre, divorciada, vive para su trabajo, casi nunca está en casa y mucho menos se entera de cuál es la situación que envuelve a su pequeño.

 

Oskar es un ladrón consumado; es adicto a las golosinas y también a las historias de violencia que a diario aparecen como notas principales de los periódicos.

 

Historias que recorta, pega en su álbum y, a veces, cuando lo han jodido demasiado en la escuela, observa como el autor de esas atrocidades.

 

Carga una navaja que quisiera enterrar en el cuello de aquéllos que le han hecho daño.

Los traumas de Oskar en “Déjame entrar”

 

Sus traumas son mucho más severos, padece incontinencia, pero lleva consigo siempre una “bola de pis”, para que la orina no manche sus pantalones y acreciente la vergüenza ante los ojos que lo miran y juzgan como el peor ser humano que pisó jamás la Tierra.

 

Una noche, de la nada, aparece Eli, una niña de la misma edad que se acaba de mudar al vecindario, junto al edificio donde él vive.

 

Esta niña se convertirá pronto en otra de sus adicciones; gracias a ella Oskar descubrirá sentimientos que jamás había tenido y encontrará el motivo, el valor que le hace falta para enfrentar sus temores.

 

Pero Eli esconde muchos secretos: sólo sale de noche, cuando la ciudad duerme; para alimentarse.

 

Håkan Bengtsson es un hombre martirizado igualmente por su pasado, por los terribles actos que tiene que realizar para consumar su amor.

 

Un amor que le devora por dentro, ya que sabe que su objeto de deseo no puede ser consumado.

 

Eli es la razón de su existir o de morir, lo discierne, lo comprende hasta el cansancio; por eso hace lo que siente necesario para que la niña siga “con vida” cada noche.

 

Cada segundo que pasa a su lado, pero ha cometido muchos errores y pronto tendrá que pagar por ellos.

 

Pura negrura

 

El romanticismo en “Déjame entrar” adquiere nuevas formas, la aparente pedofilia está presente a lo largo de sus más de 400 páginas.

 

Como de igual forma están presentes el odio, el desamparo, el horror… todo aquello que nos marca, desde hace siglos, como sociedad.

 

Del otro lado del espejo sobrevive el amor, la compulsión, la sed de sangre.

 

En el clímax de “Déjame entrar” Eli, de acuerdo con las tradiciones más antiguas entre los seres de la noche, debe ser invitada a pasar.

 

Esto último es profundo, Oskar la dejará entrar no sólo a su hogar, sino a su mente, a su corazón.

 

Para conocer de cerca todos los misterios que cubren a esta niña extraña que siempre huele raro y anda descalza sobre la nieve, quien dice no recordar cómo se siente tener frío o miedo.

 

El otro eje de la trama en “Déjame entrar” es el ardor marchito, aquél que suministra el amor calcinado, pero no todo parece tan sombrío.

 

Una infancia muy oscura

 

John Ajvide Lindqvist nos enseña en esta novela cómo sienten los niños, nos recuerda sin tapujos el primer amor, el que nunca se olvida, en el que más se pone empeño.

 

Todos los conflictos parecen dispersarse detrás de esto, así como todos los tabúes; incluso cuando Eli le pregunta a Oskar que si no fuera una chica le seguiría gustando y el afirma que sí.

 

Aquí el lector de “Déjame entrar” debe reparar en el trasfondo, hay (como a lo largo de toda la obra) una gran sorpresa: no se refiere precisamente a su condición “vampírica”.

 

Oskar tendrá el tiempo suficiente para contemplar a los ojos del miedo otra terrible verdad: una que después de todo no interesa. La sexualidad.

 

Genialidad, locura, terror… John Ajvide Lindqvist vino a romper los paradigmas y a entregarnos una de las mejores historias que se han escrito desde que el hombre tiene imaginación.

 

Una historia que no está muy lejos de ser cierta. Una que destruye y construye a partir de su nacimiento.

 

Una obra que debemos leer, releer y saborear, para intuir hacia dónde vamos como especie.

 

La cual sepulta todas las porquerías que nos entrega sin aquiescencias la mercadotecnia todos los días.

 

Que quizá no abarrote los estantes de las librerías, pero mejor, porque es una historia cruenta, no apta para quienes se desviven con historias burdas como las de “Crepúsculo”.

 

O todas esas que ni siquiera conocen y mucho menos describen el sentido histórico del vampiro y del vampirismo más arcaico, como el descrito por Alexei Tolstói en “La familia del Vurdalak”.

 

“Déjame entrar” no es para ellos, definitivamente.

Libro hecho película

 

“Déjame Entrar” también se ha hecho película, una de las mejores igualmente que se han hecho sobre el tema.

 

Y para aquellos que lo duden están los más de cuarenta premios que ha recibido tras su aparición.

No, no la vas a ver en Cinépolis ni en esas salas abarrotadas por historias burdas, así que si tienes oportunidad de verla hazlo y excava en ella.

 

Tomas Alfredson, su director, se convertirá, estoy seguro, en el cineasta infaltable; en el nuevo titán del cine de culto, si no es que ya lo consiguió desde hace varios años.

 

¿Qué más se puede decir sobre algo tan grandioso como “Déjame entrar”?

 

Compártela; reivindícate y entrégate a lo que esta ópera prima de John Ajvide Lindqvist tiene para ti.

 

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